A pesar de que el centro es una hornalla encendida, él, como tomando un hilo en el aire detiene esa cápsula amarilla y negra que lo sacará de allí. Ameghino y Luzuriaga.
_¡Rápido! -bromea en el espejo con la vaca que rumea en la parte delantera de aquel taxi. Un cuarto de hora más tarde y tan sólo han pasado dos vidrieras por la ventanilla. Toma su celular para achicar la distancia. ¡Hola, Lucas! Sí, me imaginé; no importa. Escuchá, esto está lleno de hilachas, por todos lados, el centro es un peluche. Sí -se ríe- hirviendo, pero un peluche. Está todo lleno de hebras, si sólo basta con pasar frente a la librería para fijar la vista en el hilo que cuelga de las resmas. Claro, como uno sabe que se puede descoser la va siguiendo sin tirar mucho. Y cuando te querés acordar estás en la fábrica en San Juan con el transportista que llega del puerto de Buenos Aires. Entonces una corriente, contada hacia atrás, te lleva al interior del conteiner que, baba, te cobija durante lo que deben ser meses para ser contracturado en rama, que momentos atrás sujetaba la Tierra del cielo en la selva amazónica. Sí, ya sé, con cuidado porque con eso no se juega, pero es que no tenés idea, esto parece un helecho eléctrico.
La vaca, se acomoda la gorra y gira la cabezota con una pajita en la boca, el agujero negro que lleva por ojo sólo encuentra el celular abierto en el asiento de atrás. Sigue rumeando.