martes, 17 de diciembre de 2013

Poliedro ideario

Me regalaron una caja fuerte, viste. Bueno, no la caja en sí, lo que me regalaron está adentro. ¿Cómo? La primera vez que la vi me pareció común y corriente, gris verdosa con escamitas. Me dio la impresión de ser antigua, un gesto lindo. No me di cuenta cuándo la entraron, porque la vi ya instalada. Qué se yo, me pareció normal en ese momento, la caja digo. Esquinas redondeadas, bien pesada, la cerradura estaba cubierta por la cara de un leoncito que se desplazaba girando sobre un perno pequeño y quedaba boca abajo, como mirando girar la llave en el entrecejo. Un timón de metal hacía salir los pernos y, que me encantó como detalle, la rueda de combinaciones giraba libre sobre una rosa de los vientos labrada sobre la tapa. Te dije que era una caja fuerte, ¿qué esperabas? No, sin moño, cinta o tarjeta. ¡Sí! ¡La pura caja! Alguien que pasaba por ahí me palmeó la cola y creo que me dijo "¡Suerte!"; no lo vi, al darme vuelta era un mundo de gente. ¿Qué habrá querido decir con suerte, me quedé pensando? La fiesta seguía, no era tiempo de pensar mucho en eso, todavía. Al otro día, y varios de los siguientes para qué negarlo, estaba todo muy desordenado. Igual me llamó la atención que no estaba la caja fuerte, no en el lugar donde la vi la primera vez. Alguien se había tomado el trabajo de moverla. ¿Alguien se había tomado el trabajo de moverla? Y no sólo había cambiado de lugar, se veía distinta, otro color u otra textura, no estoy seguro. Me di cuenta que cambiaba constantemente. ¿Qué cosa? Todo, de lugar, de forma, de tamaño, de color. Lejos de atemorizarme, me intrigaba. ¿Qué tenía adentro? Ni cerca estaba de saberlo, con sólo decirte que más de una vez la busqué donde la había visto pero ya no estaba. Ni listo para ubicarla, menos para abrirla. En eso anduve varios días, hasta que aprendí algo, ¿cómo encontrarla? No es que se moviera, yo la colocaba en distintos lugares. No, no, no es que la levantara sin acordarme, la caja seguía de alguna manera lo que yo pensaba, lo que me pasaba en ese momento y allí quedaba. En otras palabras, estaba siempre que yo mirara en el lugar correcto. Practiqué un poco y aprendí la manera de hallarla, incluso de traerla a donde yo estaba. A esta altura, está de más aclarar que la caja estaba cerrada y no tenía ni una pista de cómo conocer su contenido. Descubrir la combinación, no tenía la llave y sospechaba que la cerradura era decorativa, se convirtió en un pasatiempo. Me encontraba frente a ella seguido, cada vez que tenía un tiempo libre lo pasaba descifrando la combinación de vientos que mostraba la ruta hacia el interior. En ese tiempo pasó algo extraño. La caja aparecía en la mitad de la calle que veía desde la mesa del café en donde me encontraba. O en el salón del museo al que visitaba. Un día estuvo junto al profesor en la Universidad para acompañarme hasta el buffet, luego. Su compañía, sin ser habitual, pasó a ser una constante. No, todavía no tenía ni una pista de cómo se abría. La rosa de los vientos no tenía nada que ver, como ya te dije y confirmé en mis pruebas, giraba libre la rueda. El hecho de no encontrar cómo ver su interior, en lugar de aburrirme empezaba a convertirse en una obsesión, pasaba horas mirándola fijo. La hacía aparecer en todos lados para abstraerme y dedicarle mi atención en momentos de aburrimiento. Comprendí que tanto su imagen como su aparición dependían completamente de mí, como así también que era imposible tocarla. Cada vez que me aproximaba algo la trasladaba, yo. Aprendí a tenerla junto a mí, incluso a milímetros de mis manos, vedado estaba el contacto. Abrirla, se trataba de una cuestión de ideas, al igual que verla, como lo es también llevarla de un lugar a otro. Pasto, lluvia, mujeres y respirar. Agolpaba conceptos, silogismos, teorías y nada. Probé con llaves imaginarias, sierras, explosiones y tornos, pero ni un rasguño le hice. La imaginé abierta, convencido de que era una gran idea, pero tampoco fue ese el camino. En aquel momento surgieron algunas dudas. ¿Sería capaz de abrirla? ¿Podría encontrar la manera? Había pasado mucho tiempo intentando, por primera vez la frustración ganaba espacio entre mis emociones. Estaba cerca de sentirme abatido, convencido de vivir con aquella caja fuerte y su frustrante presencia, como un testimonio de mi fracaso. En esos días transcurría mi vida cuando me pregunté ¿de dónde viene este impulso por abrirla? ¿por qué tengo que hacerlo? ¿qué misterio pienso que esconde o puede enseñarme? Ese día, sin fuerza, vacío de preguntas, sin respuestas, traje ante mí la caja fuerte, más bella que nunca antes y la acepté, cerrada.

Arena del reloj

_No ves que va a llover.
Me puso la helada cadena en el tobillo para intentar aprisionarme Graciela, mi tía. Buscaba evitar, más bien posponer la libertad a la que ya se aferraba inevitablemente, abyecto mi pie y su paso.
Sus ojos, llenos de amor, se abrazaron con los míos sobre el puente de palabras que construimos de despedida. Un paréntesis de muerte hasta nuestro próximo revivir.
La campera me abrazó con fuerza, guiada por mis manos que rehuían a las primeras gotas; azules todavía estas últimas. Desconocí entonces por qué su color me llamó tanto la atención. De pronto era fundamental la azulina tentación, tan obvia y habitual.
La timidez con la que me acariciaban las primeras agujitas, trocó rápidamente en una pasión desenfrenada con la que el agua empezaba a poseerme. Intenté esconderme en mi propia espalda. Negarme a tanto amor fue una quimera desde el pirmer momento. Sin embargo la entrega total empezó, inevitable, sin que me diera cuenta. Ofrecí llanos mis ojos cerrados, la frente y mi pecho, al agua que, rosada, me lamía. Continué por el asfalto para evitar la inseguridad que al romance conferían las baldosas y las sombras presentes en la vereda. La lluvia marrón y azul acompañaba, lo que de pronto fue el regreso de mis pasos a su origen en el extenso charco que indicaba el camino. Pude ver el castaño de mis ojos, no tanto en mi reflejo como desde él. El susto confundió más aun las cosas, cuando al intentar refregarme la cara, lo único que conseguí mover fueron dos estelas que partían el agua sobre el asfalto saliendo de mis hombros reflejados. Las ondas sin tener en qué detenerse recorrieron todo mi cuerpo perdiendo intensidad, claro, hasta llegar a mis pies. La gravedad no me sujetaba más a la tierra, sino que me untaba en ella. Arriba quedaba sólo el cielo gris. En ese entonces comenzó el fluir constante y el dolor del hielo. Las sensaciones superpuestas se translucían unas en otras como las diapositivas montadas sobre un carretel.
La lucha contra los paraguas que devoran con su boca seca a la gente.
El vaivén de toboganes que arman las copas de los árboles.
El recorrido constante en desagües, acequias, canales, llaves de agua, ríos, desembocaduras y la caricia de una aleta profunda y migratoria.
La furia contenida en el hielo, el dolor de lo que se cristaliza esperando alcanzar su momento de seguir.
Me sentí como la Tierra, rodeado de un abrazo circular y azul.
En la liquidez de mi conciencia, comenzaron a surgir los pliegues de las baldosas. En una pequeña onda terminaba mi fuerza que, fuera ya de la calle, avanzaba por la vereda. El pliegue y la tensión crecían paralelos. Como una ola avanzando sobre el mar hacia la costa, treinta centímetros, cuarenta, cincuenta y siete, un metro. Podía ver alrededor y a través mío. Un metro y medio y la sensación de que me iba a desvanecer en espuma sobre la arena. Un metro setenta y dos centímetros apoyados con las manos empapadas sobre la puerta. Al abrirse ésta, sus ojos, los de ella, mi tía Graciela.