Tal vez no iba a ser suficiente, pero me aferré a ella con todas mis fuerzas, aunque el mar estuviera listo para llevársela y ella entregada a partir con él, yo no estaba preparado para dejar ir a mi pelota.
En ese momento recordé cómo una brisa escalofriante me recorría por debajo de la piel antes de salir, sentado en el auto con el motor encendido. Sabía que mamá me contaba las maravillas de San Clemente y la emoción hacía que su voz se confundiera con el ronroneo del automóvil que yo escuchaba desde el paisaje veraniego que me inundaba los sentidos. Movía los ojos y tejía con mis dedos una bufanda infinita. Me levanté como un resorte y con el impulso aproveché para voltear a ver por qué demoraba tanto mi papá. En la oscuridad de la puerta de casa se caló de golpe iluminada su figura, y la de “Joaquín” mi pelota de playa. Queriendo engañar a mi olvido miré hacia el asiento vacío y desde allí le devolví a mi padre la sonrisa más monumental que pude encontrar para emparejar la suya. Un genio, mi genio me decía hacia adentro mientras tomaba a Joaquín y la abrazaba con todas mis fuerzas, mientras se encargaban de cerrar las puertas y poner en marcha esa cajita de música orquestada por mamá. Durante el viaje Joaquín descansaba detrás del asiento del conductor, jamás pude distinguir cuándo dormía; yo sí, a mis anchas y largas en todo el almohadón de atrás.
A Joaquín le gusta la playa tanto como a mí, ha sido mi inseparable compañía todos estos años y sus veranos. Después de un chapuzón en la orilla, donde la tierra bebe la espuma, rodar entre risas y ecos vacíos de tambor para quedar hechos unas papas fritas, como dice papá para hacernos reír. Me encanta fabricar un pequeño cráter para colocar a Joaquín y luego vaciar varias veces sobre ella mi manito con dos segundos de arena tibia, se estremece soltando unas sonrisitas metálicas desde adentro.
Entonces volví a sentir sus ganas de navegar, y sé que a mí no me van a dejar ir con ella. Pero quizás es tiempo de separarnos y con el poco espacio liberado comenzó a navegar mar adentro. Se ve que tenía muchas ganas. Yo aprovecho que estoy mojado para esconder mis pequeñas olas de tristeza, también, que la playa ha ocultado a mis padres para simular su búsqueda con la mano de visera y quedar de espalda a Joaquín. No los encuentro, no quiero hacerlo, aunque los delatan la sombrilla naranja y nuestra vieja heladerita de camping. Así espero tranquilizarme un poco, entonces el mar agradecido vuelve para acariciarme y darme consuelo, pienso en correr, rechazarlo, pero el agua es amable y se siente bien, un poco mejor. En ese instante la veo rodar junto a mí, Joaquín se detiene un poco más allá y me mira con su sonrisa de gajo invitándome a jugar; yo sé muy bien a qué.
Las de esa tarde fueron, sin duda, las más ricas que hayamos cocinado alguna vez juntos.