miércoles, 20 de junio de 2012

Reconstrucción

Las manos de Lucas hoy no han logrado atrapar sus ganas. Las últimas, huyendo se lanzan a la libertad, voltean sonrientes y burlonas.
Él yace desplomado sobre su derecho y la perspectiva engrandece el salar blanco de su escritorio dividido por su izquierdo, río que termina en las cascadas del delta de su mano inútil. Un eco de risas es lo que escucha de la rompiente.
Con el dedo dibuja un cuadrado, la plaza, piensa. En su memoria alza los primeros volúmenes, el templo, un banco y la policía. El mercado central junto a la carnicería, justo frente a la verdulería atravesando la plaza. Una botica acompaña el correo que lleva de la mano a un discreto hotel. Algunos negocios, la peluquería y el resto de las casas, coronados por farolas, bancos y una fuente seca.
De perfil disfruta esa maqueta fantasmal, en donde el blanco es tan absoluto como la agudeza de sus aristas.
Unas gotas de cebo de vela, se transforman en unos niños que juegan en la plaza; se ven luego bajo la mirada atenta de unas señoreas, quizás sus madres. Otros cuerpos se van endureciendo aquí y allá. Sentados en los bancos y en la vereda junto a los negocios. Una pareja de la mano a punto de ser visita en el mercado. Los breves balcones del hotel también están salpicados por estas humanidades. Una multitud, que cuesta distinguir, junto al templo. Solitarios, en el banco y la policía a ambos lados de las rejas.
Sin apuro, Lucas, continúa regando de pequeñas personitas la palidez de la ciudad, aun sin matiz alguno.
En su puño derecho encierra el polvo de ropa, resoplando como un fuelle averiado lo lanza sobre la maqueta sin cuerpo. En ese instante un malón de trajes grises atrapan a niños, sus señoras, las madres, los hombres de negocios, la policía y nuestros ladrones. Los estudiantes, los novios y hasta el boticario.
Esto ha ido demasiado lejos, piensa sobresaltado Lucas, al tiempo que se derrite fuera del escritorio y busca el abrigo que, con desdén, le da la espalda desde el perchero. Abre la puerta decidido a ver cómo está la ciudad y a dónde se han metido sus ganas.
El atardecer es breve, con un estruendo cae la noche sobre el escritorio blanco.