A primera vista es una casa, no caben dudas. Sólo las hay, sobre dónde comienza o termina y si tiene, o no, alguna puerta que dé hacia afuera. Las ventanas, todas, proyectan al interior jardines y lo que a primera vista son casas, quizás ésta o quizás otras.
He visitado lo que me ha sido posible, y en general vivo en las dos o tres últimas habitaciones recorridas. Siempre hay puertas sin abrir, para cuando las traspongo comienzo a habitar los nuevos lugares.
Al principio, los espacios están más bien vacíos, poco a poco se van llenando de cuadros, esculturas, tapices, lámparas y espejos. De vez en cuando, dejando las puertas abiertas, camino habitaciones atrás y navego nuevamente en los tiempos de aquellos recuerdos. Al hacer esto, los espejos me atemorizan. En muchos de ellos me veo dolorosamente lastimado o percibo lo ennegrecido del alma en aquella época. Son una especie de retrato de Dorian Gray.
Sucede a veces, también, que al regresar a alguna habitación, espejos que recuerdo oscuros y sombríos, me acarician amablemente. Comparten una renovada luz con el lugar y conmigo. Al salir, dejo una cinta blanca deshilachada atada al picaporte y devuelvo una carta de amor por debajo de la puerta.