Cuando salió todavía no terminaba de acomodarse dentro de la chaqueta, estiró los brazos con firmeza como repeliendo la furia que empezaba a confundir sus ideas. Se sopló el vapor del frío en las manos y en un intento por distraerse, y alejarse lo más rápido de ahí, de sí, buscó un taxi en la calle. Inútil; seguiría la cartografía de las baldosas para escapar; aunque lento y a pie.
Ella había intentado contarle todo desde el comienzo.
Le dijo que le gustaban los paseos por el parque, siempre y cuando no estuviera lloviendo. Él ya los recordaba, aunque no hubieran sucedido. Las mañanas que en silencio el sol los despertaba, y siguiéndole el juego no conversaban hasta llegar con el desayuno listo para compartirlo a la sombra de algún árbol. Entonces las horas transcurrían siguiendo los ocres suaves del amanecer para alcanzar la exasperante rudeza de la luz del mediodía. Esos eran en él, los paseos al parque que a ella le gustaban.
También había construido imágenes de la forma en que preparaba su café, cuando había tiempo para “hacerlo como se debía”, agregaba siempre con una sonrisa que suavizaba su tono categórico. Una cucharada de azúcar y dos de café, disueltas en un poco de agua, muy poca. Luego la leche tibia, disolviendo toda la mezcla para agregar sobre el final una cucharada más de azúcar para revolver y otra para dejar como escharcha sobre la bebida. Casi podía sentir el calor de la taza escapando hacia sus manos al sostenerla para llevarla a sus labios. Cómo era posible recordar todo eso en su propia casa, si jamás habían desayunado juntos allí.
Aún no entraba en calor, estaba realmente frío ese día y su campera parecía haber embolsado una parte del invierno en la puerta de aquel sitio. Se detuvo de pronto, alzó la cabeza quitando la vista de ese camino imaginario que lo guiaba y pensó volviéndose sobre su hombro, tan fugaz fue su idea de regresar que al segundo paso sus ojos todavía se guiaban por las vidrieras de los negocios.
En la confusión su risa lo atormentaba. Como el mar, su cabeza se retraía juntando la fuerza que terminaría acariciando sus oídos con la fuerza de las olas y la suavidad de la brisa en su cara, al igual que cuando se paraba de niño a algunos metros de la costa.
Qué placer obsceno era recordar ahora todo eso. Pensaba en la palabra recordar y se reía otra vez de sí mismo, perdido en una realidad hecha de recortes de revistas, conversaciones oídas a medias. Jugaba con las monedas de los bolsillos acompañando el ritmo de sus pasos, tomaba las de diez centavos dejando al azar del vaivén las de veinticinco que repiqueteaban de fondo junto a las llaves. La realidad, la Realidad, pensaba y se enfurecía aún más, nada de eso existía, no con ese nombre. Se trataba de algo efímero, de un instante que pasaba a partir de ahí a ser recuerdo, memoria, reflexión o un oscuro olvido. Todo eso que de ella habitaba en él, no era cierto, tampoco podía serlo y la confusión le parecía divertida, una sonrisa lograba librarse en él. Se odiaba, la odiaba, se retiraba de esa realidad para siempre.
Por eso la dejó, ella no era quien le había contado.
Ja! Muy Bueno Señor!!! Me pone re contento saber que existe este blog!! Así que espero leerlo seguido. Un gran abrazo!!
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