miércoles, 23 de mayo de 2012

Luz, cámara

Los gases y el vapor del caño de escape de su "renó nueve" celeste, cesan junto a la boca de tormenta que bebe glotonamente en la cuadra de Etchegaray al novecientos.


Desde la puerta de la habitación avanza con los hombros en los bolsillos, su tristeza llueve en la ventana de la cortina a media asta. Mira.


El edificio de enfrente la observa solemne, impávido de rostro gris con ojos que confunden sorpresa y resignación; carraspea una soledad que se recorta como silueta en el tercer piso. Bajo su mirada busca en la cartera el encendedor con el cigarrillo apagado ya en la boca.


Hundiéndose en su ánimo de alquitrán, se pegotea a una silla y sostiene su mirada con las manos encolumnadas bajo el mentón. Tiene los ojos fijos, pero su mirar está vacío y el mundo que ve se le vierte adentro como un río de barro hirviendo arrasando la poca vida que siente en él. En la calle parpadea una ventanilla.


Esta vida es un cigarrillo encendido, piensa, se consume inevitablemente. La cascada de humo se esparce en el techo. Se apoya en la ventanilla y finge mirar a través de la lluvia, reflexiona suspirando ¿qué hago otra vez aquí? Ya sé la biografía de ese viaje en ascensor y el camino de regreso por las escaleras. Voy a terminar el cigarrillo antes de ir, sé cuánto odia el olor y cuánto más que quede en su departamento.


Se hace hacia atrás y piensa en un balde lleno de agua vibrando con la caída de una gota, las veredas están llenas. Se propone abrir la ventana, el cambio de aire le hará bien.


El disparo, la traba de la ventana y el encendido del auto suceden en el silencio de un trueno y su eco.


Ella deja el edificio sin bajarse, él sabe que mañana será otro día.

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