lunes, 8 de octubre de 2012

Orden

Mati vuelve del recreo un poco temprano, festeja otra victoria en el clásico. Dani, llega, y al sentarse, delante de él, siembra dos espigas perfumadas en su banco.
Él, tiene el doble deber de quitarlas, para poder acariciarlas, para poder negarlo. ¡Suerte! -le dice- y la intuición de sus comisuras, levanta las suyas.
El ingreso de la seño, alza las perchas de donde cuelgan los chicos. Luego del saludo, comienza el ritual de la hoja que ya todos han sacado.

Matías, mira a la maestra y se concentra con la calma del blanco frente a él. Serio, recuerda el fin de semana. Haber dejado el pan sobre la tostadora un rato, quitarlo y encender el fuego después. Abrir la ducha, cerrarla, ya desvestido, y frotarse con el jabón en la bañadera. Hacer tres goles, dos en un arco y uno en la réplica de enfrente, para, luego, jugar el partido. Correr levantando una polvareda, y llegar agitado a las puertas del barrio para tocar los timbres y esperar, jadeante, allí. Pasar la tarde sin remera en el parque, y dormir bien cubierto de pantalla solar.

Pocos minutos han pasado y Mati se levanta, ofuscado por una propiedad tan mentirosa. La seguridad con la que camina y entrega, sólo su nombre, no le dan a la maestra lugar para serlo.
Dani, desconoce la revolución que encabeza su compañerito de atrás, pero esto, no evita en absoluto que le sonría ampliamente. Él, que la tenía en sus ojos, mira, ahora, hacia la puerta, sus pasos suenan como tambores, mientras todo se altera por dentro.

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