La cocina me arrebata. Llega por asalto y toma lo poco que me queda de voluntad. Me sumerge en su universo.
Resbalo por hojas de lechuga, perseguido de una medusa de aceite.
Esquío en montañas de pequeñas semillas tostadas al sol.
La heladera, hace malabares con tomates y limones, tiene una gran sonrisa de cajón.
El horno, mientras fuma unas bandejas, disfruta el espectáculo; que aplauden al ritmo las alacenas y los platos que desfilan ya, para la mesa.
Sí, la cocina me arrebata, los ingredientes huelen a infancia, a bobe, amor, viajes y amigos. ¿Quién no ha llenado sus copas de recuerdos para el brindis?
Las especias, vuelan en alfombras invisibles desde Persia y hablan idiomas extraños.
La sal, nos recuerda la tierra en donde quedaron nuestros zapatos, por si se nos ocurre regresar.
Nadar en caldos tibios y sostenernos en un crotón hasta alcanzar otros robinsones.
Desde un cajón, las papas, antiguas, suspiran terrosas; qué grandes compañeras siempre atentas y presentes.
Qué alegría trae el corso de las frutas abrigadas de cáscara. Al llegar al borde de la heladera, bajan despacito para no golpearse.
Una mamushka de boles toca una polca sobre la mesada.
Los cucharones, altaneros, mueven a un lado y al otro la cabeza, sin despeinarse, siguiendo la melodía.
Los coladores, bostezan dejando pasar una bocanada de aire; me contagian.
Resbalo por hojas de lechuga, perseguido de una medusa de aceite.
Esquío en montañas de pequeñas semillas tostadas al sol.
La heladera, hace malabares con tomates y limones, tiene una gran sonrisa de cajón.
El horno, mientras fuma unas bandejas, disfruta el espectáculo; que aplauden al ritmo las alacenas y los platos que desfilan ya, para la mesa.
Sí, la cocina me arrebata, los ingredientes huelen a infancia, a bobe, amor, viajes y amigos. ¿Quién no ha llenado sus copas de recuerdos para el brindis?
Las especias, vuelan en alfombras invisibles desde Persia y hablan idiomas extraños.
La sal, nos recuerda la tierra en donde quedaron nuestros zapatos, por si se nos ocurre regresar.
Nadar en caldos tibios y sostenernos en un crotón hasta alcanzar otros robinsones.
Desde un cajón, las papas, antiguas, suspiran terrosas; qué grandes compañeras siempre atentas y presentes.
Qué alegría trae el corso de las frutas abrigadas de cáscara. Al llegar al borde de la heladera, bajan despacito para no golpearse.
Una mamushka de boles toca una polca sobre la mesada.
Los cucharones, altaneros, mueven a un lado y al otro la cabeza, sin despeinarse, siguiendo la melodía.
Los coladores, bostezan dejando pasar una bocanada de aire; me contagian.
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