_No ves que va a llover.
Me puso la helada cadena en el tobillo para intentar aprisionarme Graciela, mi tía. Buscaba evitar, más bien posponer la libertad a la que ya se aferraba inevitablemente, abyecto mi pie y su paso.
Sus ojos, llenos de amor, se abrazaron con los míos sobre el puente de palabras que construimos de despedida. Un paréntesis de muerte hasta nuestro próximo revivir.
La campera me abrazó con fuerza, guiada por mis manos que rehuían a las primeras gotas; azules todavía estas últimas. Desconocí entonces por qué su color me llamó tanto la atención. De pronto era fundamental la azulina tentación, tan obvia y habitual.
La timidez con la que me acariciaban las primeras agujitas, trocó rápidamente en una pasión desenfrenada con la que el agua empezaba a poseerme. Intenté esconderme en mi propia espalda. Negarme a tanto amor fue una quimera desde el pirmer momento. Sin embargo la entrega total empezó, inevitable, sin que me diera cuenta. Ofrecí llanos mis ojos cerrados, la frente y mi pecho, al agua que, rosada, me lamía. Continué por el asfalto para evitar la inseguridad que al romance conferían las baldosas y las sombras presentes en la vereda. La lluvia marrón y azul acompañaba, lo que de pronto fue el regreso de mis pasos a su origen en el extenso charco que indicaba el camino. Pude ver el castaño de mis ojos, no tanto en mi reflejo como desde él. El susto confundió más aun las cosas, cuando al intentar refregarme la cara, lo único que conseguí mover fueron dos estelas que partían el agua sobre el asfalto saliendo de mis hombros reflejados. Las ondas sin tener en qué detenerse recorrieron todo mi cuerpo perdiendo intensidad, claro, hasta llegar a mis pies. La gravedad no me sujetaba más a la tierra, sino que me untaba en ella. Arriba quedaba sólo el cielo gris. En ese entonces comenzó el fluir constante y el dolor del hielo. Las sensaciones superpuestas se translucían unas en otras como las diapositivas montadas sobre un carretel.
La lucha contra los paraguas que devoran con su boca seca a la gente.
El vaivén de toboganes que arman las copas de los árboles.
El recorrido constante en desagües, acequias, canales, llaves de agua, ríos, desembocaduras y la caricia de una aleta profunda y migratoria.
La furia contenida en el hielo, el dolor de lo que se cristaliza esperando alcanzar su momento de seguir.
Me sentí como la Tierra, rodeado de un abrazo circular y azul.
En la liquidez de mi conciencia, comenzaron a surgir los pliegues de las baldosas. En una pequeña onda terminaba mi fuerza que, fuera ya de la calle, avanzaba por la vereda. El pliegue y la tensión crecían paralelos. Como una ola avanzando sobre el mar hacia la costa, treinta centímetros, cuarenta, cincuenta y siete, un metro. Podía ver alrededor y a través mío. Un metro y medio y la sensación de que me iba a desvanecer en espuma sobre la arena. Un metro setenta y dos centímetros apoyados con las manos empapadas sobre la puerta. Al abrirse ésta, sus ojos, los de ella, mi tía Graciela.
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