Inventaba el orden de un desván de alguna puerta olvidada en el largo del pasillo de casa. Mal iluminado y parado sobre un banquito maltrecho. Al querer alcanzar lo que parecía un pullover, tocaba un peluche sajado, me apoyé con los dedos en el aire y con la punta del pie más allá de la frontera del banquito, por supuesto no llevaba los documentos conmigo. Apoyado así, sólo conseguí realizar, sin gracia, la pirueta que nos llevó: al estante, a kilos y kilos (por suerte) de algodón y a mí al piso. El asombro, la sorpresa y la poca luz me dejaron de regalo una visión espeluznante.
Mis ganas saltando por el lugar como dientes de león, infantiles y vitales. Tan ingobernables como el vaivén de los árboles al viento; tan pequeñas como poderosas.
Mis decisiones, lentas, elegantes señoras de piernas largas de jirafas arácnidas que se movían parsimoniosamente; fumando sus pipas con pequeños brazos que para poco más alcanzaban. Observándolo todo con un juego de infinitos lentes, que iban de los teles a los microscópicos, pasando por los caleidos.
Mis deseos, inexpugnables escarabajos que evadían los puntos de escasa penumbra que había por luz. Sigilosos, inadvertidos y confusos pasaban como los granos de arena que lleva de paseo el viento cuando sopla violento.
Y mi alama en el fondo, sacudiéndose las rodillas, apenada. Tomaba lo que se confundía con el extremo de una capa, con esto cubrió todo en el mismo instante que lo hizo desaparecer. Fue al encontrarse sus ojos y los míos. Lo hizo para dejar, espero, todo nuevamente en su lugar; si es que eso fuera siquiera posible.
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