Esas autopistas atestadas de hormigas, los verdes pañuelos que mecen los sauces para despedir al viento, las huellas dactilares de la lluvia que se asoma para espiar por la ventana, la anciana sombra paciente de los relojes de sol, el amanecer que huye del día perseguido por el atardecer que hace lugar a la noche que reniega por el brillo de todos sus hijos, los secretos que nos cuenta el pasto al oído, el lugar que nos brinda el aire para existir, el misterio que encierra cada cifra en las patentes de los autos y sus sumas, cada media vuelta de llave que queda sin dar para abrir o cerrar, cada reflejo que monta guardia dentro de los espejos frente a los cuales nunca pasaremos (y frente a los que sí), la música arrancada al mar del Silencio, la estampida de toros que nos aplastan con sus bramidos al surcar las tormentas, las montañas que acarician la barriga de las nubes, la Tierra y los planetas que juegan rondas con el Sol y las coreografías estelares que bailan sus galaxias; dentro y fuera de la gota de agua o el grano de sal. Todo está sucediendo ahora, en ese lugar que llamamos.
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